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Llegas tarde - ONESHOT

 Ikki llega tarde a su cita con Hyoga, que lo espera impaciente en su casa. Los nervios a flor de piel hacen que descubran sentimientos ocultos a la llegada del Fénix.
 

Capítulo único.

Hyoga volvió a abrir la tapa del reloj de bolsillo que tenía entre sus manos. La cerró otra vez y cambió la posición de su cuerpo en el sofá. Tenía la televisión encendida, pero casi no le prestaba atención.
La tapa broncínea del reloj se volvió a abrir, unos cinco minutos después de la última vez.

Ya habían pasado casi dos horas desde que Hyoga había empezado ese ritual de desesperación.
Ikki podía ser un cabrón desconsiderado, un metomentodo, prepotente sin remedio, pero nunca, nunca de los jamases llegaba tarde.

Hacía más o menos media hora que Hyoga había dejado de insultar mentalmente a Ikki. Ahora se preocupaba por su bienestar.

'Salgamos a dar una vuelta' había dicho el rubio el día anterior. Ikki había afirmado con la cabeza y después había contestado que pasaría a por él después de su trabajo.

El cerebro de Hyoga trabajaba a marchas forzadas, alterando sus pensamientos incluso antes de que se posaran en su mente. Su cabeza hervía como una olla a punto de desbordarse, pensando en cientos de posibilidades, en mil y un escenarios, cada cual más terrorífico que el anterior.

¿Por qué no llegaba ya?

En algún momento Hyoga se había rendido, creyendo que ya no iba a escuchar el sonido del teléfono. Su pérdida de esperanza crecía en la misma medida que aumentaba su preocupación.
Pero era demasiado tarde, si Ikki estaba bien y simplemente se había olvidado, Hyoga iba a quedar como un estúpido demasiado pendiente de una relación amistosa intermitente. Ya llamaría al día siguiente, con el tono más casual que pudiera poner para ver qué demonios se le había cruzado por delante.

De repente el timbre de la casa sonó, piando como un pajarillo hambriento. Hyoga levantó la cabeza y esperó un par de segundos para ver si volvían a llamar. Sus ojos viajaban de derecha a izquierda rápidamente.
El timbre volvió a sonar y el rubio se levantó de un salto y corrió directo al telefonillo. Descolgó sin siquiera ver el pelo oscuro y revuelto de la pantalla.

—¿Sí? —preguntó con demasiada calma para la ansiedad que estaba sintiendo.
—Abre, soy Ikki.

El moreno alzó la mirada hacia la cámara de video. Hyoga dejó pasar tres segundos antes de apretar el botón adecuado, haciendo que la puerta de la verja del pequeño patio se abriera.
Hyoga colgó el telefonillo y dio un par de pasos hacia atrás, situándose frente a la puerta. El rubio había oído como Ikki cerraba la verja, sus pasos resonaban sobre las losas del camino.

Hyoga inspiró fuertemente y dejó salir el aire de golpe, tensando los hombros y frunciendo las cejas. Abrió la puerta e Ikki levantó la cabeza para mirarle directamente a los ojos.
Cruzaron miradas y siguieron sin romper el contacto visual hasta que Ikki llegó al umbral.

—Llegas tarde. —soltó Hyoga de repente.

Ikki rodó los ojos y puso una de sus manos en la cadera.

—No me digas... Capitán Obvio.

Ikki ingresó en la casa, pasando por un lado de Hyoga, que se apartó para darle mejor cabida. Cerró la puerta y trotó detrás de Ikki, que ya estaba quitándose la chaqueta frente al sofá.

—Hay un perchero ¿sabes? —informó Hyoga tendiendo la mano hacia el mayor.
—No, no sé. Tampoco he estado tantas veces en tu casa.

Hyoga frunció un poco más el ceño, apretando los labios. Se sentía ligeramente herido y no tenía en claro el motivo.

Ikki dejó caer la chaqueta sobre la mano de Hyoga. El rubio la estrujó y se fue con los nervios crispados hacia el perchero al lado de la puerta. Colgó la chaqueta con pulcritud y se cruzó de brazos mientras andaba con determinación hacia el sofá.
Hyoga se dejó caer sobre su sitio preferido, sin molestarse en descruzar los brazos. Ikki aflojó el nudo de su corbata y se repantigó un poco más en el sofá, buscando el mando a distancia antes de dejarse atrapar por el mueble.
El moreno empezó a cambiar de canal, buscando algo digno de ver. Hyoga mantenía su cabeza girada hacia la puerta de la cocina, dirección contraria en la que se encontraba Ikki.

El japonés dirigió un par de miradas furtivas hacia Hyoga, analizando su estado de ánimo. Suponía que estaría molesto, era una consecuencia lógica después de que le dejaran a uno plantado. Por lo menos el rubio sólo había tenido que esperar en casa.
Lo miró una tercera vez, ahora sin observar su lenguaje corporal, sólo fijándose en los detalles de su indumentaria. Botas marrones, pantalón gris por dentro de las botas, camisa blanca y chaleco marrón.
Ikki echó una mirada hacia atrás. Podía ver una chaqueta larga del mismo gris que los pantalones colgando en el perchero, junto a la suya. El moreno se rascó la coronilla. Hacía tiempo que no salía con Hyoga y por lo que recordaba era alguien a quien le costaba ponerse algo que no fuera de sport.
'Sólo para las ocasiones especiales.' Vino a su mente una frase que le oyó decir al rubio años atrás.

Ikki echó la cabeza hacia atrás, dejando la nuca encima del respaldo del sofá, apoyó los codos uno a cada lado de su cabeza y habló.

—Como anfitrión dejas mucho que desear...

Hyoga se contrajo sobre si mismo un poquito más. Era lo último que le faltaba para explotar.

—¡Como invitado eres pésimo! —le gritó girándose para verlo— ¡Dos horas, dos horas esperándote! ¿¡Dónde coño te habías metido!?

Ikki sonrió de lado, moviendo un muslo rítmicamente. Seguía mirando el techo cuando contestó.

—No es que me haya metido en su coño, pero una conocida vino a recogerme después del trabajo.
—¿Cómo? —murmuró Hyoga perplejo y algo desubicado.
—¿Es que aparte de tonto estás sordo? —preguntó Ikki ladeando la cabeza para ver a Hyoga.

El rubio estrechó los ojos y congeló sus facciones en una máscara de inexpresión.

—¿Y entonces a que santo habías quedado conmigo? —preguntó receloso, hablando de más y mandando del todo a tomar viento a sus intenciones de no demostrar sus sentimientos— Podrías haber llamado, por lo menos.
—Woh, woh, woh, woh... —dejó salir Ikki, abriendo mucho los ojos— ¿Desde cuándo eres mi novia y no lo sabía?

Hyoga torció la boca, apretando los labios más aún. Ikki sabía que estaba llevando mal la discusión. También sabía que Hyoga tenía razones más que suficientes para recriminarle, pero a Ikki siempre le había gustado molestarlo.
Tal vez ahora se estaba pasando un poco de la raya, así que hablando su tono de voz mientras sus ojos se posaban en la pantalla plana del televisor.

—Éramos compañeros de universidad. Da la casualidad de que conoce a una de las secretarias de la oficina—explicó—. Así se enteró de donde trabajaba y como no tiene mi número de móvil decidió pasarse hoy y saludarme, no tenía ni idea de que iba a venir.
—Pero si tenías idea de que yo estaba esperándote.

Ikki giró la cabeza violentamente hacia Hyoga.

—¡Yo, yo, yo...! ¿Es lo único que sabes decir? —espetó— ¿No nos hemos visto a solas casi en un año y no tienes nada más que contar?

Hyoga desvió la mirada, clavándola en la pared de enfrente. Fue bajando la cabeza y sus ojos cambiaron su punto de vista, dibujando un camino hasta sus pies. Las manos del rubio se deslizaron hasta agarrarse de sus rodillas.
Era verdad. Se veían en contadas ocasiones, cuando el grupo se volvía a juntar o cuando la suerte así lo decidía, justo como ayer. Seguían en contacto a través de redes sociales, algún que otro mensaje de felicitación o una llamada en busca de algo en concreto. Pero siempre habían evitado quedarse a solas.

«Él y yo.» pensó Hyoga.

Ikki era muy consciente de ese hecho. Él mismo había evitado muchos encuentros incómodos, la experiencia previa le tenía dictado y puesto con una nota clavada en su tablón de prioridades que nunca, jamás, se quedara a solas con Hyoga. Siempre habían acabado discutiendo sin el entretenimiento que suponía la presencia de otras personas.
Y las veces que no discutían se entablaba una atmósfera extraña a su alrededor. Cómo si el universo estuviera esperando a que la última pieza del rompecabezas se fundiera con el resto.

«Yo y él.» pensó Ikki.

Sus miradas se movieron hasta encontrar los ojos del otro. Un segundo y fue suficiente para los dos, rompieron el contacto antes de quemarse con la intensidad de las pupilas ajenas.

—Creo que acabo de recordar porque nunca estamos a solas... —murmuró Hyoga, lo suficientemente alto como para que Ikki lo oyera.

La estática del televisor y los sonidos de la serie policíaca se apoderaron de la estancia.
Hyoga se reprochó su ataque de celos salido de la nada e Ikki estiró el brazo por encima del respaldo del sofá.

—Sí, creo que yo también lo recuerdo.

El tono de voz, ronco y rotundo, de Ikki obligó a Hyoga a volverse para prestar atención al mayor.
Ikki se movió, arrodillándose en el sofá y tomando la mejilla izquierda de Hyoga con su mano derecha. Le besó.

Hyoga se sobresaltó, levantando las manos, pero no sabiendo que hacer con ellas las dejó suspendidas en el aire.
Ikki se cernió un poco más sobre la figura del rubio, volviendo el beso más demandante, apoderándose de la nuca con su mano izquierda y apretando más sus labios. Hyoga inspiró por la nariz en busca de oxígeno con el que llenar sus pulmones, pero no era suficiente. Cuando su boca se abrió, Ikki no dudó en proclamar aquellas tierras como suyas, conquistándolas con su lengua.

Hyoga no estaba oponiendo resistencia, pero tampoco participaba, estaba demasiado confundido. Le dolía el pecho, le punzaba tanto que creía que se iba a morir de un infarto en breve. Y aún así se sentía tan bien.
Era como volver a casa y que la persona correcta te diera la bienvenida. Extraña sensación si tenía en cuenta que nunca había pensado sobre Ikki en aquella manera.

El moreno se retiró, dejando su aliento caliente sobre los labios de Hyoga, relamiéndose el rastro de saliva antes de apartarse un poco más y deslizar su mano de la nuca al hombro del rubio en una caricia, aflojando la mano sobre la mejilla del otro para pasar el pulgar cuidadosamente sobre la piel sonrojada.
Ikki respiraba profundamente, Hyoga tenía los ojos vidriosos y de un tono oscuro que Ikki sólo había notado cuando se enfadaba en serio. Aún así no encontraba ninguna otra señal que le dijera que el rubio estuviera cabreado.

Hyoga enarcó las dos cejas, centrando su visión en el rostro de Ikki mientras levantaba por fin una mano para aferrarse a la mano derecha de Ikki, como queriendo asirse a algo para decidir que el asalto había sido real.
Ikki juntó sus cejas en un gesto inusual. De repente parecía mucho menos seguro que unos segundos atrás. Nunca antes había querido transmitir tanto con un beso.

La última pieza estaba sobre el tablero, ahora sólo hacia falta encajarla.

Hyoga dejó salir el aire poco a poco, bajando sus ojos hasta los labios de Ikki. Se mordió los propios antes de preguntar.

—¿No te quedabas a solas por que si no te me habrías echado encima antes?

Ikki miró hacia el techo y luego asintió con un breve movimiento de cabeza.
Hyoga entreabrió la boca.

—¿Te arrepientes de haberme besado? —preguntó en un susurro.
—No. —Ikki no tardó en negar.

Hyoga se lamió los labios discretamente, movimiento que Ikki siguió con todo detalle.
El rubio recostó su mejilla contra la mano del mayor y sonrió un poquito. Su corazón latía a saltitos, feliz de saber que hacía tiempo que le gustaba al cretino de Ikki.

—Yo tampoco. —le contestó con una sonrisa un poco más abierta.

Si Ikki hubiera tenido alma se le habría escapado por la boca, pero como él mismo estaba convencido de que era un desalmado pudo quedarse bastante compuesto después de la declaración.
Hyoga cerró los ojos y movió su rostro hacia delante, en busca del de Ikki. El moreno salió a la carrera para darle alcance. Se fundieron en un beso limpio y elegante, con sus corazones sincronizándose a cada milisegundo que pasaba.

Hyoga se separó un poco, abriendo los ojos otra vez e Ikki pudo ver que estaba allí. El mismo puzzle que le volvía loco estaba completo en la manera en que el rubio le dedicaba una mirada llena de dulzura, llena de amor.
Ikki lo empujó, recostándole en el sofá y volviendo a probar sus labios, sólo para asegurarse de que esta vez los besos eran devueltos. El ruso se quejó en un principio, pero no tuvo problemas en responder a las caricias del mayor.

Un beso y otro más, las manos de Hyoga se posaron sobre el pecho de Ikki, abriendo los dedos para abarcar más, para sentir más. Ikki tenía problemas en dominar la lengua de Hyoga, pero pronto se dio cuenta de que era más divertido jugar en el mismo equipo que ser rivales. Los dedos del rubio bailaban sobre su torso y los de Ikki se aferraron a la cintura del menor, midiéndola a palmos.

Ikki deslizó una mano curiosa de la cintura de Hyoga hasta la cadera y continuó sin parar hasta su destino final, el culo. Hyoga arrugó el entrecejo y frotó sus manos desde el vientre de Ikki hasta su pecho.
El moreno apretó la nalga y Hyoga reaccionó empujándole para sentarlo de nuevo en el sofá, incorporándose después.

Las respiraciones pesadas se volvieron a mezclar con el sonido de la televisión, aunque en ningún momento había sido apagada, ellos habían dejado de oírla por completo. Hyoga se cruzó de brazos otra vez y levantó la barbilla, inflando un moflete y mirando la puerta de la cocina otra vez.
Ikki enterró su cara en la mano y se revolvió el flequillo. Tenía la frente ligeramente sudada.

—Que me gustes no significa que no siga enfadado contigo. —le recordó a Ikki.
—Aaaah —se quejó Ikki exasperado, frotando la misma mano hacia abajo con fuerza por todo su rostro—. Eres impo... ¿qué has dicho?

Ikki parpadeó, rememorando las palabras de Hyoga una a una. Hyoga cayó en cuenta de ellas al mismo tiempo, descruzando sus brazos y mirando de un lado a otro nerviosamente. Recuperó la dignidad a tiempo de contestar.

—¡Dos horas son muchos minutos! —exclamó evitando los ojos de Ikki.

El moreno sonrió ampliamente, avanzando hacia el otro centímetro a centímetro.

—No, eso no... lo otro, lo de que te gusto. —picó Ikki, acorralando a Hyoga otra vez.

El rubio se defendió, sin dejarse tumbar.

—¡No hay sexo para ti esta noche! —gritó empujando a Ikki lejos de él y levantándose para alejarse mientras notaba como sus mejillas se volvían cada vez más rojas.

Ikki lo siguió en su carrera, quedándose siempre a un par de palmos del dueño de la casa, acosándolo sin derribarlo.

—¿Eso significa que otras noches sí que habrá?

Hyoga se coló por detrás de la mesa redonda que tenía en una esquina, interponiendo el mueble entre los dos.

—¡Ikki! —Hyoga puso el índice de su mano derecha por dentro del cuello de la camisa, separándola de su piel— ¡Estás más salido que la punta de un paraguas!

Ikki puso las manos abiertas con mucha parsimonia sobre la mesa, inclinando su peso encima de ellas.

—Yo no soy el que ha dicho “sexo”. —habló lentamente, dando un énfasis bastante lujurioso a la última palabra.

El reloj de pie que adornaba la entrada marcó la medianoche con doce discretos pero notorios sonido que retumbaron en la habitación. Hyoga desvió sus ojos hacia el reloj y después hacia Ikki. Carraspeó antes de añadir.

—Lo siento Cenicienta, pero tienes que irte del castillo, llegas tarde para el baile.

Ikki hizo una mueca de fastidio y se incorporó.

—Bien —gruñó dirigiéndose hacia el perchero—. Estupendo.

Ikki agarró su chaqueta y empezó a ponérsela a regañadientes. Aunque le hubiera gustado irse con algo más que unos pocos besos y después de que el sol hubiera salido por el horizonte, tal vez eran demasiadas emociones para una sola noche. Encontrar al amor de tu vida en un viejo amigo y saber que era correspondido ya era suficiente.

Hyoga salió de su escondite y se paró a medio metro de Ikki, esperando a que terminara. En realidad le habría gustado que Ikki se quedase, pero el rubio era un resentido y necesitaba al menos unas horas para tragarse el enfado. Y después un poco más de tiempo para digerir todo lo demás.

Ikki abrió la puerta de un tirón y salió fuera, al patio. Hyoga descolgó el telefonillo y apretó el botón para abrir la puerta de la reja. Después volvió a colgarlo y se adelantó hasta la puerta, agarrándose al filo de ésta con una mano y del quicio con la otra.
Ikki miró hacia la verja, dándole la espalda a Hyoga.

—Mañana no tengo nada que hacer. —declaró.
—Yo tampoco. —respondió Hyoga movido por la inercia.

Ikki volteó la cabeza, dejando ver su rostro en tres cuartos, casi de perfil. Sonrió y tanteó en el bolsillo de su chaqueta hasta sacar las llaves del coche.

—Te recogeré para ir a comer. ¿A la una te va bien?

Hyoga miró al suelo, hacia las losas del camino, hacia los zapatos de Ikki. Siguió la línea de sus piernas con la mirada, llegando hasta su cabeza antes de contestar.

—Pero no llegues tarde.
—Ay, pato... —sonrió enseñando los dientes— Yo nunca llego tarde, siempre llego en el momento adecuado.

Ikki levantó la mano, abriendo la palma. Las llaves del coche volaron hacia arriba y aterrizaron sobre la palma de Ikki justo cuando la cerraba en un puño. Ikki levantó ese puño a modo de despedida antes de encaminarse hacia su coche.
Hyoga cerró la puerta y recostó la espalda en ella, buscando apoyo. Todo su mundo había explotado para volver a nacer.
Tags: !fanfiction, !fic: oneshot, category: romance, fandom: saint seiya, genre: yaoi, pairing: ikki/hyoga
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